
El mundo está cambiando: IA para la creatividad
Por Jeffrey Katzenberg
Hace unos meses, estaba sentado en mi oficina en Silicon Valley cuando el fundador de una empresa tecnológica me mostró algo extraordinario. En la pantalla había una escena animada completamente realizada, bellamente iluminada y con una composición impecable. Era impresionante, y me hizo sentir exactamente lo mismo que sentí en 1986 cuando vi Luxo Jr.. Aquella fue la primera vez que vi a un personaje tridimensional animado por computadora respirar y parecer, contra toda lógica, que tenía vida. Me dejó maravillado.
Más tarde ese mismo día, recibí un mensaje de una artista a la que conozco desde hace treinta años, a 560 kilómetros al sur, en la ciudad donde pasé la mayor parte de mi carrera. Después de ver un video similar, me escribió: «¿Este es nuestro fin?». Mi respuesta fue: «Por supuesto que no».
He pasado buena parte de la última década en Silicon Valley, pero el corazón de mi carrera ha estado en Hollywood. Estar profundamente conectado con ambos mundos significa que siento una gran lealtad hacia los dos y también la responsabilidad de hablar con franqueza a ambos.
En 2023 dije que estas nuevas herramientas de inteligencia artificial reducirían hasta en un noventa por ciento, en un plazo de tres años, el tiempo y el costo necesarios para producir animación de primer nivel. Algunos colegas se alarmaron; muchos se enfurecieron.
Existe un temor y una resistencia crecientes frente a la IA dentro de la comunidad creativa. Lo comprendo profundamente, porque he pasado incontables horas recorriendo estudios de animación y viendo a artistas extraordinariamente talentosos inclinados sobre sus escritorios, reconstruyendo por décima vez un solo segundo de película porque la novena versión todavía no estaba del todo bien. He estado sentado en salas de proyección viendo cómo cuatro años de trabajo de muchas personas transcurrían ante mis ojos en cuestión de minutos, sabiendo el nombre de cada persona que había dedicado incontables horas a dar vida a esas imágenes. El proceso creativo es una vocación; realmente no hay otra forma de describirlo. Desde afuera, algunos ven resistencia. Desde adentro, es amor.
La gente no lucha con tanta fuerza por cosas que no le importan. La resistencia que surge de Hollywood representa el esfuerzo colectivo de personas profundamente apasionadas por su oficio.
¿Se está repitiendo la historia?
La historia es más compleja de lo que cualquiera de los dos bandos puede imaginar. En 1906, el compositor más famoso de Estados Unidos, John Philip Sousa, publicó un ensayo titulado The Menace of Mechanical Music («La amenaza de la música mecánica»). Advirtió que el fonógrafo se convertiría en «un sustituto de la habilidad, la inteligencia y el alma humanas».
En realidad, la lucha de Sousa no era contra la máquina, sino por el dinero. Las máquinas reproducían sus composiciones y quienes las fabricaban no le pagaban ni un centavo. Su campaña contribuyó a la creación de la Ley de Derechos de Autor de 1909. No detuvo la tecnología. Cambió las condiciones bajo las cuales esa tecnología podía utilizar su obra.
Hace cien años, el sonido llegó al cine. Hoy lo recordamos como un milagro, y lo fue. Lo que olvidamos es quién pagó el precio. Antes del cine sonoro, decenas de miles de músicos se ganaban la vida en los fosos de orquesta de las salas de cine, poniendo música en vivo a cada película, todas las noches, en ciudades de todo el mundo. Cuando llegó la banda sonora grabada, el trabajo de un compositor y una orquesta podía registrarse una sola vez para una película que luego se proyectaría en miles de salas. El sindicato respondió con todas sus fuerzas y publicó anuncios en periódicos de todo el país advirtiendo sobre la amenaza de la «música enlatada». Uno de ellos mostraba a un hombre mecánico arrancando las cuerdas de un arpa mientras un ángel lloraba.
No eran tontos ni eran luditas. Tenían razón. Esos empleos en los fosos de orquesta no volvieron. Y, sin embargo —y esta es la parte que debemos tener el valor de admitir—, el sonido nos dio el musical cinematográfico, la banda sonora moderna, los efectos de sonido, el diseño sonoro, la ingeniería de audio y una forma artística muchísimo más amplia que aquella que desplazó. Además, ayudó a mantener a Hollywood a la vanguardia del entretenimiento mundial durante el resto del siglo y hasta el siguiente. La pérdida fue real. Y, aun así, la forma artística se expandió.
Es una historia que se ha repetido una y otra vez. Resistirse a la tecnología implica correr el riesgo de volverse irrelevante. Basta mirar a Kodak o Blockbuster. Adoptar la tecnología abre las puertas a nuevas posibilidades. Basta pensar en Apple y Netflix.
Lo que aprendí de Walt Disney
A mediados de la década de 1980, fui elegido para dirigir la división de animación de Disney en un momento decisivo para el estudio. La animación no era simplemente otra unidad de negocios. Era el alma de la compañía, un medio venerado gracias al genio y la pasión de Walt. Pero el sistema de producción era engorroso e implacable. Una sola película requería 125.000 acetatos individuales dibujados y pintados a mano, fotografiados cuadro por cuadro. Cada modificación tenía un costo que se medía en meses. Ese grado de dificultad condicionaba las historias que podíamos contar.
Encontramos el camino hacia adelante en un lugar inesperado: el propio Walt. Los archivos de Disney conservaban grabaciones extraordinarias de Walt explicando su proceso creativo. Sus propios escritos. Sus notas y storyboards. Material de trabajo conservado en cada etapa de su proceso. Era un verdadero regalo. Al escuchar, leer y sumergirnos en ese trabajo, lo oíamos hablar de los personajes, de las emociones, de lo que siente el público cuando un personaje realmente cobra vida. Hablaba de tomar decisiones audaces y de perfeccionar una escena hasta que verdaderamente conmoviera a la gente. No escuchamos una sola palabra sobre lápices o pinceles. De hecho, Walt era famoso por su fascinación por la tecnología, por buscar constantemente las herramientas más avanzadas y, muchas veces, inventarlas él mismo para poder crear las imágenes que veía en su mente. Pero nunca definió la animación por sus herramientas. La definía por una sola cosa: si el público creía en el personaje. Sus principios eran eternos. Las herramientas no.
Esa constatación lo cambió todo. Desarrollamos conjuntamente el Computer Animation Production System (CAPS) con una joven empresa del norte de California llamada Pixar, reemplazando los acetatos pintados a mano por imágenes generadas por computadora. En La Sirenita, la escena final brillaba con una profundidad y una iluminación que el proceso anterior simplemente no podía lograr. En La Bella y la Bestia, la secuencia del salón de baile tenía una amplitud cinematográfica que situaba al público dentro de la emoción del momento. En Aladdín, la Cueva de las Maravillas parecía inmensa y viva, y la Alfombra Mágica se convirtió por sí sola en un personaje complejo y cautivador. En El Rey León, la estampida alcanzó una escala y una intensidad que elevaron la carga emocional más allá de todo lo que habíamos hecho antes. La tecnología no disminuyó el oficio: amplió el lienzo. Dio a los artistas más espacio para crear.
Una década más tarde, el lienzo volvió a expandirse. Cuando Disney estrenó Toy Story, de Pixar, no se trató simplemente de un hito técnico. Fue la demostración de que una película realizada íntegramente mediante animación por computadora podía tener un verdadero peso emocional, podía hacer reír y llorar al público y lograr que creyera en lo que veía. En DreamWorks tomamos la difícil decisión de abandonar gradualmente la animación dibujada a mano y convertirnos en un estudio dedicado completamente a la animación por computadora. Era lo correcto, pero no estuvo exento de dolor. Personas de enorme talento perdieron su lugar en una industria en la que habían trabajado toda su vida. Algunas lograron dar el salto hacia las nuevas herramientas e hicieron los mejores trabajos de sus carreras. Otras nunca lo consiguieron.
Las herramientas nunca son lo esencial. Los instrumentos cambian con cada generación. Lo que perdura es el gusto y la imaginación. Esa capacidad mágica de hacer sentir algo al público. Uno de los grandes narradores de nuestra generación, George Lucas, resumió de manera concisa la esencia eterna de esta cuestión: «No se trata del cómo, sino del porqué».
Una distinción que importa
Le hice a uno de los principales modelos de inteligencia artificial una pregunta que llevaba meses inquietándome: ¿cuál es la diferencia entre razonar y crear? Su respuesta cambió mi manera de pensar sobre casi todo lo que está ocurriendo en esta industria. Dijo…
Razonar y crear son dos modos cognitivos diferentes, aunque también trabajan juntos. Razonar es, fundamentalmente, evaluar y analizar. Opera sobre aquello que ya existe: hechos, premisas, evidencia. Avanza hacia una conclusión que, en cierto sentido, ya estaba implícita en la información inicial. El razonamiento está limitado por la lógica y la verdad. Su objetivo es llegar a una respuesta correcta, no inventar un lugar nuevo al cual llegar.
Crear es fundamentalmente generativo. Produce algo que antes no existía. Y, de manera crucial, no existe una única respuesta correcta esperando ser descubierta. Una página en blanco admite infinitas respuestas válidas. Crear implica tomar decisiones que no pueden justificarse completamente mediante la lógica. El gusto, la intuición y la visión llenan el espacio donde termina la deducción.
Razonar es lo que Silicon Valley ha estado perfeccionando. Crear es lo que Hollywood lleva practicando más de un siglo. Hoy, la IA opera casi enteramente del lado del razonamiento. Puede deducir, evaluar, optimizar y reconocer patrones de manera brillante. Y aunque puede crear, existe una diferencia real entre crear y ser creativo. Lo que todavía no posee son aquellas cosas que nos hacen humanos: empatía, entrega, serendipia, ese tipo de creatividad que nace de una persona que intenta decir algo que solo ella podría decir. Cuando un bot genera una obra de arte, no está intentando comunicar nada. Es estadística, no alma; está emulando cosas que ya se han hecho. La creatividad humana, en cambio, no consiste en repetir patrones de ceros y unos; consiste en hacer algo nuevo.
Quizás algún día la IA cierre esta brecha. Hace tres años, los líderes que están construyendo la inteligencia artificial habrían considerado improbable —si no imposible— lo que están consiguiendo hoy. Lo imposible ya no es improbable.
Hoy, la línea que separa el razonamiento de la creación es real. Incluso los tecnólogos más destacados reconocen que todavía no hemos llegado allí. Actualmente, nadie en este campo puede describir una vía científica concreta para cruzar esa frontera. Comprender esa brecha es donde podremos encontrar un terreno común.
Un camino hacia adelante
En 2016 cerré un capítulo en Hollywood con la venta de DreamWorks y abrí otro en el norte de California, al cofundar WndrCo. Hemos respaldado a más de 50 fundadores que están construyendo la próxima generación de tecnología y hemos observado cómo surgen los grandes avances en Silicon Valley: primero como experimentos, luego como plataformas y, finalmente, como infraestructura capaz de transformar industrias enteras. Vale la pena recordar que la última gran revolución de la animación también llegó desde el norte. Pixar era una empresa del norte de California, forjada no dentro de las convenciones del sistema de estudios de Hollywood, sino a partir de los avances tecnológicos de Silicon Valley. He pasado años a ambos lados de este puente. Por supuesto, no tengo todas las respuestas —¡basta recordar Quibi!—. Pero desde la perspectiva que me dan el pasado y el presente de mi larga carrera, esto es lo que veo…
Las personas brillantes del norte de California que están desarrollando esta tecnología han creado algo extraordinario. Se han ganado el derecho a que el resto de nosotros seamos, si no creyentes, al menos optimistas respecto de que lo que viene será extraordinario. Pero no han creado a un artista. Las herramientas son poderosas, pero no son lo que hace que una historia importe. Ese conocimiento se encuentra 560 kilómetros al sur, dentro de personas cuyo trabajo de toda una vida ha contribuido a formar los propios modelos que ustedes están construyendo. El camino correcto hacia adelante debe incluirlas desde el diseño mismo: con reconocimiento, consentimiento y compensación. Construyan esto junto a los narradores. No por encima de ellos. El gusto no es algo que pueda sintetizarse; es exclusivamente humano.
Al mismo tiempo, Hollywood tiene que aceptar que la IA no va a desaparecer. La energía que está gastando intentando hacerla desaparecer es energía que no está dedicando a decidir bajo qué condiciones existirá. Y esas condiciones lo son todo. El norte necesita algo que no puede construir ni comprar: creatividad. Esa creatividad capaz de tomar una página en blanco y conjurar una única respuesta adecuada donde antes no existía ninguna, y que ha mantenido cautivas a las audiencias durante un siglo. Sin ella, el motor de razonamiento más poderoso jamás inventado seguirá careciendo de aquello que hace que valga la pena contar una historia.
Los artistas que aprendan a manejar estos nuevos instrumentos harán cosas que los ingenieros jamás imaginaron. Siempre ha sido así. Edison inventó el cine, pero hacía películas terribles. Hicieron falta Chaplin, Lloyd, Keaton y tantos otros para dotar al cine de emoción. Ahora el lienzo está a punto de expandirse una vez más. Deberíamos decidir desde ahora que tenemos la intención de pintar sobre él.
La historia contiene innumerables lecciones valiosas. Esto ya ha ocurrido muchas veces y nunca fue la tecnología la que resolvió el conflicto. Fueron las condiciones bajo las cuales se utilizó. Sousa no detuvo el fonógrafo; ayudó a redactar la legislación que garantizó que los compositores recibieran un pago. Y hace dos años, cuando guionistas y actores fueron a la huelga, estaban luchando por las mismas cosas por las que Sousa luchaba en 1906: consentimiento, compensación y el reconocimiento básico de que el trabajo creativo humano tiene un precio que debe pagarse. Las condiciones de esa disputa todavía se están negociando, pero el principio es más antiguo que cualquiera de nosotros.
El debate entre «herramientas» y «no herramientas» es una trampa. Primero debemos estar todos de acuerdo en que deben existir condiciones. Después podremos tener el debate crucial sobre qué exige la justicia.
Lo que aprendí de Steve Jobs
Hace años, Steve Jobs dijo: «Está en el ADN de Apple que la tecnología por sí sola no es suficiente. Es la tecnología unida a las artes liberales, unida a las humanidades, la que produce el resultado que hace cantar a nuestros corazones». Estaba describiendo un dispositivo. Pero perfectamente podría haber estado describiendo esta historia de dos ciudades.
Lo que veo venir muy pronto
A medida que disminuyan las barreras y los costos, se harán más películas, no menos. Los estudios podrán asumir más riesgos. Habrá más lugares en la mesa y, muy pronto, formas completamente nuevas de contar historias. En la década de 1980, la animación era despreciada como un pequeño nicho dentro del negocio. Hoy es una de las formas narrativas más queridas y rentables del mundo. En el cine de acción real, realizadores como Steven Spielberg, James Cameron y Peter Jackson adoptaron nuevas herramientas visuales no como atajos, sino como instrumentos, y al hacerlo ampliaron las posibilidades del cine. Cada vez que la narrativa se ha encontrado con un verdadero cambio tecnológico —desde el sonido sincronizado hasta el color y la animación por computadora—, ha redefinido las fronteras del medio y, en el proceso, se ha hecho más grande.
Ciertamente, no tengo todas las respuestas, pero estoy convencido de que las oportunidades creativas volverán a expandirse. La manera en que atravesemos esta transformación depende de una elección. El norte tiene las nuevas herramientas. El sur tiene el alma creativa. El mejor futuro aprovechará lo mejor de ambos mundos.
Tomado de x.com